Piedra sobre piedra


Piedra sobre piedra, grito sobre grito.
Hasta que un día cualquiera la tierra tapa la piedra
y ahoga el grito...

¿Entonces?

Entonces nuevamente, piedra sobre piedra, grito sobre
grito.

Córvidos


1.

Pájaros negros volaron en mi sueño durante toda la no-
che y hoy estoy cansado, nauseado. Quizá yo estuve vo-
lando con ellos. Quizá yo sea uno de ellos.


2.

Hay sombras que buscan su sombra y manos que buscan
sus alas...
    Fue un perro, dijo —No hay más casa en la casa...
    Y sintió que algo rugoso subía por su garganta.


3.

Eran tiempos de grandes migraciones, los últimos en irse
fueron los pájaros, ayer se juntaron en el cíelo y se fue-
ron nadando por el aire. Eran tiempos de grandes migra-
ciones —alguien cantaba— nunca supe si era un hombre
o era un árbol.

Una vez...


Akhmatova irguió su cuerpo —tenía puesto un
pulóver
marrón
, los puños algo deshilachados y todo el cielo de
Rusia sobre sus espaldas—. Era verano en Tachkent.

Maïakovski sacudió la manga de su blusa amarilla y es-
cupió hacia el suelo —creo que fumaba.

Desde entonces hago ruido, antes de entrar en mi cuarto.

La hora


Reina de abdomen promisorio le está llegando la hora...
    La voracidad insaciable de los minutos, el enjambre
inmundo de los segundos. Ya nada queda de la otra, de la
anterior. La eternidad mira, el tiempo pasa. En horabue-
na llega la próxima, la perentoria; se preparan los afila-
dos dientecillos, las diminutas lenguas rasposas. A la ho-
ra horada explota el grito: ¡Ahorita! Y todo vuelve a co-
menzar.





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