Malecón
Frente al immenso mar de gruesos labios.
Allí donde anidan los vientos y el rayo,
allí donde resuenan aún tus palabras,
las futuras tormentas y las futuras lágrimas.
Se me fue llenando el alma de rimas improbables,
me fui sintiendo un pozo sensible y hueco.
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Río de enero
Con un pie en el barro de mi infancia y otro pie en la are-
na del exilio, con un real dolor de muela, relleno de
hambre. No solo, solitario: iba subiendo el morro, iba es-
cuchando la algarabía de los colores ¡Cómo chirriaba el
amarillo! Y los tambores: ¡Verde requeteverde! Y esos
rostros que mi memoria convoca, en estas horas llenas de
peligro, que contemplo como se contempla la lluvia y
lentos vuelven al olvido.
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Lugar II
La aspereza, la oquedad, la morada y el poeta;
y el final del poema, en el preciso instante en que
nace la palabra.
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Hay días como éste
Hay días como éste en que una tristeza destemplada cho-
rrea desde el cielo y perturba como el agua. Días en que
mi alma se vuelve roja y pesada.
en el reflejo del estanque aparece la muerta soñándose
viva y aparece viva
Hay días como estos y otros, en que no sucede nada.
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Cada vez peor
Una imperiosa necesidad lo empujaba a desarmar las co-
sas, algo irresistible lo obligaba a mirar adentro; de nada
sirvieron las amenazas ni el día de su santo sin dádi-
va Más tarde fue peor: un día descubrió las palabras.
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