Dos


Vencidos por la costumbre se visten parsimoniosamen-
te.
A éste la lengua que lo nutre lo abandona, el otro
crece con la luz y los reproches. Parecen Uno cuando sa-
len al día, son Dos cerca de medianoche —sólo los pe-
rros advierten el engaño—. En Dos, en Dos lo partió el
exilio.

La raíz y el canto


La miel del pinar inunda el pario, se cuela entre la parra
y el muro blanco, pájaros asmáticos se revuelcan en el
polvo: sólo las cigarras cantan una canción más antigua
que las palabras. Cierro los ojos, me visitan mis padres,
están juntos, están en este patio. Siento el frío magnetis-
mo de las baldosas, la transpiración baja por mi rostro...
Estoy cubierto de sombras.

Necesito esto para ser, necesito irme y volver, perderlos
y recuperarlos. Necesito decir: me visitan mis padres, no
me basta con pensarlo. Yo que en mis sueños me cubro
de plumas, hoy, aquí, ahora, quiero ser árbol, árbol y pá-
jaro, la raíz y el canto.

María


En un jardín de Galilea o en
una casa de Palermo una
mujer me cuenta sus pesares. Parsimoniosamente entro
en su sueño que es como cierto juego de naipes. Mientras
cuenta escapa, mientras escapa habla. Por las noches —
en la única noche del insomnio— es el sueño de otro.
    Qué destino el tuyo María ¡Qué cruz!

Ahuyenta esa horda de mezquinos y obsequiosos que
viven de tu sangre, luego ve hasta el cementerio y fren-
te a la sepultura del que te sueña grita que esta vida, —
tu vida—, está más muerta que viva. Gira, —quédate de
espalda—, levanta tu vestido y saca la lengua. Luego ca-
mina —y mientras caminas— desnúdate: entra por el
día de hoy hasta tu carne.

Como que se raja el aire


a Paul Beck


Como que se raja el aire por el peso y aparece de pronto
la muchedumbre. Esperan sin saber lo que esperan.
Cuando murieron ya había otros muertos y ellos imitan
lo que hacen los otros y así se van amontonando. Andan
atontados, temerosos, intentan no molestar pero son tan-
tos que terminan por rajar el aire, por molestar, y es co-
mo si se diesen cuenta. Entonces forman grupos compac-
tos, evitan los corredores, las puertas, llenan las salas de
espera. Hasta que un día alguien celebra una misa para
los muertos y se van como globos por el aire.





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