Cretino creyente


¿Por qué a mí? ¿Por qué? ¿Por qué se me llenan los senti-
dos de palabras?
Vuelan, saltan, rebalsan. En mi familia
nadie ha tenido ¿Querido? comercio con las palabras, sólo
algunas, necesarias, monótonas, cotidianas. ¿Por qué yo,
señor —con minúscula—, por que ese duende, esa hada.
esa puta? Qué es esto de andar desvelado y mañana casi
muerto de tan ausente.

Borrador de España


Más que el truco y sobre todo el mago, mi interés ha ido
siempre hacia la asistente del mago. Me encanta cuando
abre los ojos extremadamente
maquillados y la boca car-
nosa y grande se vuelve más roja y ovalada y uno ya no
sabe si la sorprende la paloma, el conejo, o un orgasmo.
Por eso no es extraño que entre el
toro y el torero prefie-
ra los helados.
    Casi junto, siempre al lado, sin ser la sombra de nada
ni de nadie.

De la lágrima...


Madre...        


Barrunto que al origen son azules y a medida que bajan,
atravesando los diferentes estratos, destiñen hasta vol-
verse claramente patéticas.
    Intuyo un Atlas de la lágrima...
    –Conozco un
señor africano que tiene el mismo co-
lor de lágrima que usted, ¿quiere que se lo presente?


¡Rojo! ¡Como el llanto de las Madres! —cantará un ver-
so célebre— Y olvidaremos La Sangre y La Rosa que
edulcoran hasta la náusea la poesía.
    Bastará un poco de azul para que sepan que te estoy
llorando.

Gare de Lyon (dentro de un Tren Bala,
decidido a terminar Paradiso)



Dijo ser ex-convicto y que su crimen había sido poco y
nada. Dijo haberlo perdido todo. Aseguró que un tiquete
de restaurante o algunos francos lo ayudarían a mante-
nerse limpio y en buena forma. Agregó que a las perso-
nas que pudiesen darle algo él les daría las gracias. Preci-
só que aquellos que no tuviesen nada para darle esboza-
ran una sonrisa: para no ver en el otro su propia cara.
Conocía la Retórica y tenía algunas nociones de Arte
Dramático.
Le di un poco de lo poco que me quedaba y me quedé
pensando en las palabras. Recordé un colega sentado al
comienzo de un boulevard, debajo de la estatua de Saint
Míchel, junto a una mesita improvisada con un cajón de
manzanas. Un cartelito gritaba: ¡Venta de poesía!

Décidement, la France!





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