¿De que hablas?


¿Ironía? Dios no conoce esa palabra —dijo
la rubia.
Empero —pensé, no quería contrariarla—: la Ausencia es
la única prueba de su existencia. Otrosí, —estamos
aquí—, en una esquina de la calle Mazarine, sentados en
una terraza, esta noche clara de verano. Imagina si tuvié-
sernos alas, imagina después de
unas copas y con alas...

Sirenas


Escuchar a las sirenas...

Bien sabido es
que el que vuelve
no es el mismo
y que el coraje sea
                        quizá
]
no volver nunca.

A un joven poeta


«Reduce. Corta. Suprime», y el joven poeta cortó, redu-
jo, suprimió. Comenzó por el título, —nada más baladí—
.Acortó dos o tres versos, interrumpió de un profundo ti-
jeretazo la copulación de no pocas conjunciones, rimas,
artículos que aludían a ciertas personas. El último verbo
huyó cojeando, mutilado. Las pocas palabras que sobre-
vivían no atinaban a decir nada. Continuó cortando, re-
duciendo suprimiendo... Un ojo cayó sobre la mesa en-
sangrentada, fue deslizándose empujado por un líquido
viscoso hasta caer en el cesto —entre una nube de papel
picado. Quiso pestañear; no pudo.
Quiso sonreír; no pudo.
Quiso llorar...

Comenzó a vislumbrar un poema.

Fly


Añagaza de Pavón y Marabú; plegaria.

Anoche


Un carozo de durazno en las cenizas, una piedra de sal
sobre la lengua. El olor de una hembra entre los dedos.
La impostura de sentirlo, de realmente sentir, antes de escribirlo.





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