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Para no volverme loco
Para no volverme loco evito los quioscos, no soporto la sangre que gotea de revistas y periódicos, la sangre que chorrea por los estantes, que corre entre la vereda y la ca-
lle hasta la horrible alcantarilla. Llego tarde a mi casa, llego cansado, y ocurre que al intentar recuperar mi rit- mo respiratorio inspiro, espiro el aire se transforma, se condensa, comienza a formarse una pequeña nubecilla gris. He intentado mil ardides y he fracasado siempre. Todo depende del lugar donde me encuentre. En ciertas ocasiones la nubecilla queda flotando en el mismo lugar
y crece hasta ocultarme el rostro. «No veo, y quizá no me ven», pienso para consolarme. Confieso haber escuchado expresiones de asombro, risas. Confieso, también, haber aprovechado la falta de visibilidad para abandonar rápi- damente el lugar y no volver jamás. Hubo ocasiones mu- cho más trágicas y he sido agredido pues, a veces, en un ascensor, en el subte, en un restaurante: llueve. Una llu-
via fina y persistente cae de la nubecilla e inunda un ce- nicero, luego se dirige, siempre lloviznando, a otra mesa y apaga un cigarrillo, moja un periódico, termina haciendo rebalsar una taza o una copa, echa a perder la pizza o el helado. La gente, al principio, piensa que es un
truco para entretener a la clientela y que los daños van por cuenta de la casa. Pero si la nubecilla cambia súbita- mente de dirección y sorprende la flamante permanente de una dama o su esmeradomaquillaje, terminan por enojarse. Es peor cuando estoy de pie pues, como soy pe-
queño, la nube se desarrolla a baja altura y a los que me rodean les llueve sobre el sexo y eso es muy desagrada- ble. Yo intento disimular y los imito, digo: ¿Qué pasa? o ¡Pucha! Las típicas expresiones que todo el mundo dice y que conozco de memoria. A veces resulta, otras no. Ya ni se me ocurre pedir disculpas, abandono rápidamente el lugar y por los techos llego hasta mi cuarto, hago los ejercicios respiratorios y espero que mejore el tiempo. Acostado en la bañera me consuela ver llover. Para no volverme loco, decía, evito los quioscos, hun- do profundamente el pulgar en el control remoto. No leo, busco palabras que sobreviven, salto de un libro a otro.
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