Caracola
Es verosímil que dentro de esa caracola, que un sueño
abandonó sobre el anacrónico estante, perdure el rui-
do del mar, su empeño. Que asile, como cualquier deste-
rrado, conversaciones antiguas, ruidos cotidianos. El pre-
gón de un vendedor ambulante: afilador, botellero, pesca-
dor, voces de la calle, voces del patio, La risa de mi
hermano, de niño; Bartolomé leyendo: Hombres pelea-
ron; Luisa Alicia tarareando un tango.
Claroscura caracola, el árbol que crece en tu interior es el
sueño de un pájaro.
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Naturaleza muerta
Las fotografías parecen la misma fotografía todo depen- de del punto de vista vidrios rotos ojos reventados bocas
desgarradas capós abiertos éééééé áááááá óóóóóó vocales del espanto montañas pila colores y formas superpuestas presente puro presente murió hasta la muerte silencio restos de hombres y de automóviles y la vida que se em-
peña con la vida la vida que pugna que empuja torpe de- sesperada mientras los ojos atónitos recorren la natura- leza muerta la última vez la próxima dónde quién cuán- do la carne muerte aglutinada carne que es casi tierra o
que es carne de nada paisaje desencarnado número que se olvida de tanto número casi teórica de pura muerte ali- mentó de los yuyos la higuera los tomates.
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Nada de nadie
Qué importa este día, esta nada de nadie que se agranda,
estas horas incesantes y vacías, esta mismísima tarde. No
pensar. No sentir. No escribir. Resbalar hacia el centro de
esa nada. Ni ser. Ni estar.
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Distancia
Qué miente la distancia, qué esconde, es más que estar
lejos, más que alejarse, sumando: lo que me han quitado,
lo que he perdido, lo que aún espero. Es un acento, un
dulce que sólo endulza el recuerdo. Son muertos no en-
terrados que casi nadie recuerda. Es volver, volver para
olvidar, para morir con ellos.
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Estrategia de cuclillo
Has de haber, pasado.
De la cocina al cuarto, del cuarto al váter, tiraniza el aire el olor de la guayaba, melaza suspendida, espesa putea- da. En la cama sobrevive tu perfume, la tensión del amor sin amor.Belle!, no hubo nadie para decírtelo.
Recojo los objetos de la ceremonia matinal y solitaria: el aterrorizado frasco de mermelada, la tostada desdenta- da, la taza de café vampirizada... El cenicero lleno de preguntas.
Quedo, de consuno, empollando tu ausencia.
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