PREFACIO
Yo conocí a Daniel Mayer allá por los años 80 y lo primero que conocí de él fue una parte de su obra narrativa en relación con un premio, "Platero", creado en Ginebra en la sección española de la ONU, destinado a recompensar el mejor cuento en castellano de un autor novel.
La primera vez que se otorgó ese premio estaban entre los miembros del jurado, entre otros el gran poeta español, José Ángel Valente, la filósofa-poeta María Zambrano, Luis López Molina, catedrático de literatura española en la Universidad de Ginebra y, last and least, yo mismo; no hubo casi discusión: el mejor cuento era, de lejos, un cuento cruel intitulado "Muebles para armar".
Su autor, un tal Daniel Mayer. Después y a lo largo de los años he ido leyendo casi toda su obra narrativa, en gran parte hasta el momento inédita, siempre cuentos muy buenos, y una excelente novela corta, De todos estos años, editada en Suiza, traducida al franchés, con gran éxito: destino hispanoamericano de más de una obra escrita en castellano de Hispanoamérica en el país del exilio.
Resulta que un buen día lo que me fue dado leer de Daniel no era ya un cuento sino un poema, y siguió un poema y otro poema, todos excelentes y todos marcados por el fierro al rojo del exilio:
la sombra de la tierra desterrada es el tema de los poemas de Caracola: tema, diría yo, más que en el sentido de asunto o argumento, en el de obsesión: cada loco con su tema (en femenino: "Idea fija que suelen tener los dementes" define el diccionario de la Real Academia), cada poeta con la suya que, como están las cosas, pudiera ser la de todos quienes, por una u otra razón, han sido cortados de su tierra y no les queda más remedio que volver a echar raíces en esa tierra absurdamente aérea que es el canto: "La raíz y el canto" es el título de un poema de Caracola que dice el desarraigado arraigo del cantor: "Cierro los ojos, me visitan mis padres, están juntos, están en este patio (...) Necesito esto para ser, necesito irme y volver, perderlos.
Necesito que este verso) exista y cante. Necesito decir: me visitan mis padres, no me basta con pensarlo. Yo que en mis sueños me cubro de plumas, hoy, aquí, ahora, quiero ser árbol. Árbol y pájaro. La raíz y el canto".
La raíz que nos entraña con el lugar nuestro, en la tierra, el canto que nos extraña en la ausencia, en el aire interminable del destierro; por eso el poeta que vive con una pata en su tierra y con la otra en el lugar móvil del destierro son dos; dice Daniel: "Parecen Uno cuando salen al día, son Dos cerca de medianoche sólo los perros advierten el engaño. En dos, en Dos lo partió el exilio"; y en el poema "Adivinanza": "Salimos de lugares oscuros y profundos para desparramarnos por el mundo.
Algunos ya casi otros y otros ya casi nadie". El tema del pájaro y el destierro está ya en el bello poema Caracola que da su título al poemario. El abolido bibelot de inanidad sonora de Mallarmé está ahora, abandonado por un sueño, en un anacrónico estante, y en él perdura el ruido del mar: "su empeño", dice el poeta: "Que asila, como cualquier desterrado, conversaciones antiguas, ruidos cotidianos. El pregón de un vendedor ambulante: afilador, botellero, pescador voces de la calle, voces del patio.
La risa de mi hermano, de niño (...) Claroscura caracola, el árbol que en tu interior es el sueño de un pájaro".
El ruido del mar dentro de la caracola se hace palabra en el poema y de pronto a uno "se [le] llenan los sentidos de palabras". "¿por qué a mí, por qué? dice el poema "Cretino creyente" ¿Por qué se me llenan los sentidos de palabras? (...) ¿Por qué a mí (...) por qué ese duende, esa hada, esa puta? / Qué es esto de andar desvelado y mañana casi muerto de tan ausente".
La palabra es creadora de ausencia, y el poema, presencia pura, nos llena de esa ausencia, nos revela la nada al revelarnos el ser: "la Ausencia dice Daniel en el poema "¿De qué hablás?" es una de las manifestaciones más reveladoras de la presencia de Dios".
"La palabra dice Hölderlin es lo más inocuo y lo más peligroso", y después de eso no hay nada que decir, sino ver y decir la nada, y después de eso no queda ya sino "Resbalar hacia el centro de esa nada", como enuncia el poema "Nada de nadie": "Qué importa este día, esta nada de nadie que se agranda, estas horas incesantes y vacías, esta mismísima tarde.
No pensar.
No sentir.
No escribir.
Resbalar hacia el centro de esa nada.
Ni ser.
Ni estar".
O sea, estar no siendo o, como dice el gran poeta Oliverio Girondo, paisano de Daniel: el poeta, mejor dicho el hombre a secas, va "paso a pozo nadiando (...) amenté / en lo no noto nato".
Pero igual que la de Girondo, la poesía de Daniel Mayer es una incesante búsqueda del poema ("hay que buscarlo / al poema", dice también Girondo).
Al cabo de esta búsqueda, después de la severa supresión y reducción de los elementos de un poema escrito, cuando ya no quedaba nada de él, entonces el joven poeta "[c]omenzó a vislumbrar un poema" (en "A un joven poeta"); y en el poema "Lugar II".
La aspereza, la oquedad, la morada y el poeta y el final del poema, en el preciso instante en que nace la palabra.
La palabra nace precisamente ahí donde el poema toca a su fin: y entonces qué: entonces otro poema en busca de la palabra aún no nacida: Sísifo y su piedra...
Decía yo en un ensayo sobre el mismo Oliverio Girondo que la palabra, "volando así sobre su propia nada representa y manifiesta no algo que es, sino algo que se esfuerza por abrirse a la visión de lo que es: el todo ver quizás en libre anhelo el ser: volver a ver reverdecer la sed de ser.
Dos versos de Oliverio que se adaptan bien a la exploración poética de Daniel.
La musa lo ha inspirado y la musa no lo dejará mientras él siga mirando las musarañas. La musa existe desde luego y acompaña e inspira a los poetas. Hay una anécdota del Aduanero Rousseau, el gran pintor francés, que hizo un cuadro, "El poeta y la musa", donde pintó a su amigo el poeta Guillaume Apollinaire muy pequeñito al lado de su mujer representada como una gigantona tan alta que el poeta le llega apenas a la cintura.
Apollinaire, furioso, fue a quejarse al pintor, que le dijo, No veo por qué te molestas.
Tú eres un gran poeta y un gran poeta necesita una musa muy grande.
Mucho más grande que él.
Yo me imagino a la musa del poeta como una fantasma (así se decía, en femenino, en antiguo español), una fantasma altísima que lo acompaña noche y día pero sobre todo noche, y le sopla todos los silencios de su poesía.
Gran poesía de un gran poeta.
Además de poeta, ya lo he dicho al principio, Daniel Mayer es un excelente narrador, como lo prueba su novela "De todos estos años" escrita naturalmente en castellano hace ya muchos años y que publicó en Suiza y en francés, traducida por la escritora suiza Sylviane Roche, la editorial Bernard Campiche con el título Puerto Final: novela que tuvo una excelente recepción con reseñas y comentarios en los principales periódicos de la Suiza francesa e incluso en Le Monde de París.
Increíblemente, o casi diríamos mejor naturalmente porque Daniel no se ha movido mucho para hacerse publicar en países de su lengua, a ningún editor latinomericano ni español se le ha ocurrido todavía dar a la luz ese excelente relato que a mí me dejó impresionado por el rigor de la trama, la perfección de la prosa, tan limpia y severa, y toda la rebelión y la tristeza agazapada entre las líneas. En compensación el lector tiene aquí ahora la poesía de Mayer, también rigurosa, también límpida, también severa: una poesía para lectores de poesía.
AMÉRICO FERRARI
claroscura caracola, el árbol que crece en tu interior es el sueño de un pájaro.
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